Una mañana de serendipia

Una mañana de serendipia

Las aventuras de Sergio mala suerte

Una mañana de serendipia

Sergio había oído hablar de la serendipia, pero no creía mucho en esas historias. Su vida, más bien era un cúmulo de infortunios, así que mejor no creer en cuentos de hadas. No estaban hechos para él.

Esa mañana, como de costumbre, salió de casa camino del trabajo a las siete y media. Era una mañana lluviosa y el paraguas no quiso abrirse a tiempo. Cuando lo hizo, al cabo de unos pocos minutos un golpe de viento se lo dobló al revés, rompiendo una de las varillas y rasgando la tela, inutilizándolo completamente.

«Quizás este tampoco sea mi día», pensó.

Ya no servía para nada, y buscó un sitio donde tirarlo pero, ¿en que contenedor debía ir? Uno nunca tiene toda la información cuando la necesita. Dudó unos instantes, hasta encontrar unos cuantos cacharros amontonados al lado del verde. Decidió dejarlo allí, y el servicio de recogida ya haría su trabajo.

Por suerte, la chaqueta que llevaba era impermeable. Con las dos manos levantó la capucha para protegerse la cabeza y siguió andando durante unos minutos, hasta encontrar un portal donde resguardarse. La lluvia apretaba y tenía que pensar como solucionar el problema, porque aún le quedaban unos veinte minutos a pié. Todavía era invierno y hacía frío. Esa mañana no contaba con la lluvia. Tampoco contaba con que ningún taxi pasara por ahí, y se estaba haciendo tarde. Hoy también llegaría con retraso al trabajo.

Mientras esperaba a que la lluvia suavizase, alguien le empujó por detrás, obligándole a saltar ese par de escalones para no caerse. De nuevo se mojó con la incesante lluvia, así que decidió seguir adelante. ¿Que más daba, ya? Quizás por el camino consiguiera encontrar uno de esos taxis que tanto se le resistían.

Unos años atrás intentó sacarse el carné de conducir. Después de siete u ocho intentos, consiguió aprobar la teórica y cuando se decidió a empezar las clases prácticas, tuvo que aplazar el comienzo a causa de la muerte de un hermano que vivía en Estados Unidos. Con las primeras clases prácticas, después de medio año de tener la teórica, algún que otro susto y las recomendaciones del profesor, le hicieron desistir. Definitivamente, estaba condenado a ir a pié. Igual que esa mañana de mediados de febrero, así que siguió andando. Un coche pasó cerca, sin tener demasiado cuidado de nada, y con la velocidad la rueda delantera izquierda escupió un puñado de agua, mojándole los pantalones hasta casi la cintura.

Quiso consolarse pensando que cuando llegase al taller, en la taquilla guardaba la ropa de trabajo y podría cambiarse. Quizás, todavía no estaba todo perdido. Hasta que llegó a la siguiente esquina. Cuando se dispuso a cruzar, después de hacer un par de observaciones a lado y lado, un coche casi le atropella. Era un Escarabajo de esos antiguos, de color azul claro, que tuvo que frenar de golpe. La chica salió del coche, muy asustada por si a aquel hombre le había pasado algo.

—¡Pero que no mira por dónde va, señorita!

—Disculpe —se excusó ella, medio llorando—, con la lluvia no le he visto. Espero no haberle hecho daño.

—Estoy bien, gracias.

—¿Puedo llevarle a alguna parte?

Dudó unos instantes si subir al coche o no. Por un lado, necesitaba llegar pronto al trabajo, y con la que estaba cayendo, hacerlo en coche sería una bendición. Pero por otra parte, subirse con aquella chica que casi le atropella, quizás fuese peligroso.

—Pues me harías un favor. Voy a la fábrica de envases plásticos. Está a unos diez minutos en coche de aquí.

—Si, ya sé cual es —respondió la chica—. Yo trabajo allí. Empiezo hoy, ¿sabes?

¿Casualidad del destino? Al fin y al cabo, puede que todo lo que le había pasado hasta la fecha fuera para un fin mayor.

Sergio era un gran aficionado a los números, y a menudo buscaba señales en la suma de las fechas, para ver si era un día positivo o no. Su número preferido era el ocho. Hizo un cálculo rápido con la fecha actual. Según el calendario gregoriano por el que nos basamos, hoy era catorce de febrero de 2017. Sumando el 14 más el 2 más 2017 daba como resultado 2.033, o sumados número a número, 17. Haciendo la suma final, en ambos casos el resultado era 8, que resulta que era su número preferido desde pequeño. Además, las costumbres modernas decían que hoy era San Valentín, así que gracias a una serendipia, puede que esa mañana hubiese encontrado al amor de su vida. Quien sabe…

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